Hace poco más de diez años, estrenaba Negra boca del sueño. En ella,
revisaba la historia de Katherine Cliffton y de Lászlo de Almásy, los atormentados personajes de ·El paciente inglés· (tanto del libro de M. Ondatjee, como de la película de A. Minghella). Lo que había decidido hacer era contar la historia luego de la muerte de ambos. Cosa que ni el libro ni la película hacen.
Así que me di la libertad de imaginar una conversación entre ambos, en su versión de ectoplasma. Y entonces apareció un personaje más (encarnado por la cantante Joanne Vance), que les visitaba aún luego de la muerte. Y era la muerte misma.
En el tintero de Negra boca del sueño se quedaron muchas imágenes y
necesidades de movimiento que decidí no poner en esa obra. Nunca volví a acordarme de ella porque fue la última obra que hice antes de dejar Quito y venir a vivir a Cuenca. Era como un recuerdo farragoso, incompleto, del que –sin saber por qué- me iba alejando con demasiada prontitud.
Luego de cuatro meses de actividades de laboratorio y ensayos, en los que el cuerpo y el movimiento fueron suficientes para construir un lugar desde el que hablar, me di cuenta que Cliffton y Almásy me llamaban. Digo me llamaban, porque sin ningún motivo aparente (los trucos del inconsciente, quizá), releí a Ondatjee y volvía a ver a Mighella.
Hoy, al escribir esto, colijo que fue la época en la que volví a soñar con mi papá: personaje enigmático y difuso al que desde hace poco más de un año, empecé a ver con mayor indulgencia y curiosidad. Y, probablemente, tendrá que ver con que su fantasma ha empezado a rondarme pertinazmente. Lo cierto es que fue entonces que entendí (como casi siempre sucede al final) que lo que estaba haciendo en la sala de ensayos era reinventar lo que había quedado en el tintero de Negra boca del sueño: las imágenes y las cualidades de movimiento que reposaban en mi
cabeza, desde el 2010.
Me provocó un tanto de escozor eso de deberme a algo. De programarme a hablar sobre algo, de ponerle una historia previa a lo que compongo, porque entonces termino construyendo una apología a la nostalgia y al desasosiego. Y, por más que lo disfrute, prefiero siempre el desconocido norte del movimiento por el movimiento, en el que son las formas y las velocidades las que construyen un sentido, una historia.
La palabra nunca ha estado ajena a mi obra. El verbo me ha articulado como creador y lo seguirá haciendo hasta que lo encuentre adecuado. Así que, volviendo a imaginar a estos dos personajes, la palabra vuelve a imponerse como necesaria para completar las capas de ectoplasma, las voces que se escuchan a lo lejos y los movimientos que se desvanecen. No sé qué tan cierto sea todo esto que hoy pienso con respecto a lo que estoy trabajando. Lo que sí sé es que hay dos impulsos vitales en mi, para este proyecto en particular: lo que Almásy no le contó a Katherine Cliffton, y la certeza de las cualidades de movimiento que quiero trabajar técnicamente.
En este terreno farragoso, pantanoso e inseguro nos hemos instalado los
bailarines y yo para probar desde varias estrategias creativas darle un vuelco a las formas de creación.

https://www.youtube.com/watch?v=8cKqWrNRXc4

Fanzine de la obra:
https://issuu.com/labdanzacue/docs/el_corazon_es_un_organo_de_fuego_ii

Artículo en "El Apuntador":
 https://www.elapuntador.net/articulos/el-corazn-es-un-rgano-de-fuego-un-latido-que-interpela-genoveva-mora-toral?fbclid=IwAR2fLf_joOqRwJEzONadlFkSPAyICNEQwFSGFmCk3vZrJBzZkjTN1pW-sf4

UCuenca en línea: 
https://www.ucuenca.edu.ec/component/content/article/173-espanol/cultura/noticias-cultura/1227-el-corazon-es-un-organo-de-fuego-instalacion-dancistica-en-cuatro-actos

Dirección, instalación escenográfica y textos: Ernesto Ortiz

Intérpretes/Creadores:
Rebeca Matute, Carlos Cortez, Synnove Urgiléz, Estefanía Vimos, Rommy Coronel, Samantha Villota
Música: David Vásquez
Video: Oscura films, Mateo García
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